sábado, 28 de febrero de 2009

Ven a Casa

Es posible que tú que lees esto no seas creyente, que no vayas a Misa, que desconfíes de que la Iglesia pueda ayudarte en tu vida. Quiero animarte a que te acerques a la Iglesia Católica y descubras toda su riqueza, que descubras cuánto te quiere Dios, y cuánto espera con los brazos abiertos a que acudamos a Él para que nos pueda ayudar. La Iglesia Católica fue fundada por el propio Jesucristo y tiene ya más de dos mil años de historia.

Puede que tengas dudas a la hora de acercarte a una parroquia. Si es así, como escribí en otro artículo, te recomiendo que le hables directamente a Dios de tus miedos. Seguro que te soprendes con su amorosa respuesta. Es posible que hayas notado la actuación de Dios en tu vida y eso te haya dejado desconcertado. Quiero que sepas que no estás sólo en esa experiencia. Muchas personas de distintos momentos de la historia han sentido con fuerza esa llamada de Dios. En mis artículos anteriores he intentado contar, aunque sólo sea de forma muy resumida el vuelco que ha dado Dios a mi vida en los últimos años para acercarme a Él.

En los próximos artículos escribiré sobre algunas personas que han sentido una llamada fuerte de Dios, tanto de nuestra época como de otras, que confío en que sirvan para que tú que lees te sientas acompañado si estás viviendo una experiencia similar. Y si te has apartado de la Iglesia Católica durante algún tiempo, te animo con todas mis fuerzas a que regreses. Nuestro Padre Dios nos está esperando siempre con los brazos abiertos para darnos su Amor Infinito.

A continuación incluyo un vídeo que explica mucho mejor de lo que yo lo pueda hacer lo que es la Iglesia Católica, y te anima a que vuelvas a Ella:





Si te ha gustado el vídeo, te recomiendo que visites la página web de Católicos Regresen (pinchando en este link), la asociación católica estadounidense que ha lanzado esta bonita campaña.

Y cuando te decidas a volver, lo primero que te recomiendo que hagas es que busques una parroquia cerca de tu casa que ofrezca formación en la fe para personas adultas (como ya te recomendé en mi artículo "Busca una parroquia"). Puedes usar el magnífico buscador de parroquias que ofrece la página web misas.org.

Ánimo, vuelve a la Iglesia. Dios te quiere y cree en ti. Un abrazo y que Dios te bendiga.

miércoles, 25 de febrero de 2009

Reza el Santo Rosario

Una de las cosas más bonitas que me regaló el Señor durante la peregrinación a Roma en 2007 fue el iniciarme en el rezo del Santo Rosario. Desde entonces lo he rezado casi todos los días. Al principio simplemente sentía curiosidad por saber en qué consistía aquello. Como ya he contado en otros artículos, durante esa peregrinación sentí un deseo fuerte de conocer realmente esa felicidad y sentido de la vida que veía en la mayoría de los peregrinos que me rodeaban.
Mis primeros Rosarios los compré en esos días, uno en Asís y otro en el Vaticano. Siempre había sentido mucha curiosidad por saber qué era eso del Rosario, y me llamaba la atención porque me recordaba a unos collares de cuentas que sabía que se utilizaban para la meditación de mantras en algunas religiones orientales. Pero tenía una idea muy lejana de esta devoción, como si fuera algo propio de siniestros monjes medievales o algo así, o bien de personas masoquistas o de ancianas aburridas. Dios utilizó el momento que Él creyó más propicio para hacerme ver que estaba totalmente equivocado.
Cuando estábamos en Castelgandolfo, en la plaza principal frente a la residencia papal, todavía tratando de asimilar la emoción de haber visto y oído al Papa dirigiéndose a nosotros desde su balcón, me repartieron un folletito en el que se explicaba cómo rezar el Rosario. Tenía la sensación de como si Dios me estuviera diciendo "si de verdad quieres cambiar tu vida cultivando el encuentro con Cristo como te dice el Papa, esto es lo que debes hacer a partir de ahora". Por supuesto, las palabras no me venían así a la cabeza entonces, pero sí intuía que era un momento importante. Mi primer Rosario lo había rezado la noche anterior en el autobús, dirigido por un cura que hablaba por el micrófono. Recuerdo que recé mucho por ese encuentro con el Papa. Y lo recé por segunda vez un rato después del encuentro, dando vueltas por el patio que da entrada a la Basílica de San Pablo Extramuros junto a otros peregrinos, entre ellos el cura que nos acompañaba y el seminarista de quien escribí en otro artículo sobre la peregrinación.
Desde entonces lo he rezado casi todos los días, y visto en perspectiva creo que es el mejor regalo que me ha podido hacer Dios para ayudarme a acercarme a Él. En el Rosario nos agarramos de la mano de nuestra Madre María para que nos lleve de forma segura a Dios. Durante siglos millones de católicos se han acercado a los misterios de la fe católica gracias a esta maravillosa devoción.
La mecánica del Rosario es bastante sencilla. Lo único que nos hace falta es un pequeño esfuerzo por nuestra parte para dedicarle los veinte minutos o media hora que suele llevar. Pero ese esfuerzo es minúsculo en comparación con la alegría que da el saber que nos estamos poniendo en las mejores manos: las de María. Son las manos de Alguien que nos quiere mucho más de lo que nosotros nos podamos imaginar y que hará todo lo posible para conducirnos dulcemente a la Casa del Padre.
No hace falta ser culto ni sabio para rezar el Rosario. Pero Dios no necesita gente culta ni sabia, porque Él es todo Sabiduría. Sólo hace falta rezar con ilusión y confianza a María para que interceda por nosotros en todo momento, y al Padre para que tenga paciencia con nosotros, no mire con dureza nuestros fallos y nos ayude a quererLo más cada día, para que todos juntos podamos gozar en Su presencia algún día. Si algún día llegamos al Cielo, seguro que será porque María nos ayude.
Si quieres aprender a rezar el Rosario, te recomiendo que compres uno en alguna tienda de artículos religiosos. Por ejemplo en España puedes encontrarlos fácilmente en tiendas como las librerías Paulinas, o algunas tiendas en las proximidades de las catedrales, santuarios o incluso en algunas parroquias. Los hay por muy poco dinero. Los que me compré en una tienda cerca del Vaticano me costaron un euro cada uno, por ejemplo. Por como mucho dos ó tres euros deberías poder comprar tu Rosario.

A continuación incluyo un enlace en el que puedes ver de forma gráfica cómo se utilizan las cuentas en el rezo del Santo Rosario. En esta página se incluye también enlaces que llevan a las oraciones que hay que rezar en cada uno de los puntos:

http://www.ewtn.com/spanish/prayers/rosario/cuentas.htm#Modo

Debes saber que el rezo del Santo Rosario varía según el día en que estemos. En el siguiente enlace puedes ver una introducción general al significado de esta devoción, y una presentación esquemática de qué misterio se reza cada día de la semana. Además, si pinchas en la sección "Audio" debajo de cada uno de los misterios, podrás escuchar una grabación que te acompaña en en rezo del Rosario:

http://www.ewtn.com/spanish/prayers/rosario/main_index.htm

Te animo con todas mis fuerzas a que reces el Rosario si todavía no lo haces, y si puedes, que lo reces a diario. Verás que eso te irá transfomando hacia una mayor serenidad y una mayor facilidad para confiar en Dios.
Ánimo. Cree en Dios, habla con Él, acude a su Iglesia. Dios cree en ti y te espera con los brazos abiertos.
Un abrazo y que Dios te bendiga.

martes, 10 de febrero de 2009

Busca una parroquia

Es posible que hayas estado rezando durante algún tiempo y sientas la necesidad de dar un paso más en tu camino hacia Dios. Él, que te quiere infinitamente más que nadie, te espera con los brazos abiertos en todas y cada una de Sus parroquias.
Es posible que tengas miedo de acercarte a una parroquia porque piensas que la gente que va a las parroquias es distinta de ti. O es posible que tengas miedo de acercarte porque piensas que se van a burlar de ti por acercarte a la Iglesia ya de adulto. Conozco de primera mano todos esos miedos porque yo también los sentía antes. Pero Dios no tiene ningún miedo de nuestro miedos y nos llama hacia Si para darnos la verdadera paz y felicidad.
Te animo a que te acerques a tu parroquia más cercana y le preguntes a un sacerdote qué posibilidades hay para que tú te integres en algún grupo de catequesis para adultos. Es posible que no haya ninguno en esa misma parroquia, pero el sacerdote te podrá orientar sobre adónde puedes ir. Y no te desanimes si no encuentras la información que necesitas a la primera, porque es posible que las personas a las que pidas consejo se queden algo sorprendidas y no sepan bien adónde orientarte en un primer momento. Pero Dios sí sabe muy bien lo que quiere para tu vida, y si tú te decides a cooperar con Él, no parará hasta colocarte en el sitio en que encajes como un
guante.
Te animo entonces a que te acerques a preguntar a tu parroquia más cercana. A continuación incluyo también el enlace de una página web con un buscador de Misas en España (si alguno me leéis desde otro país, seguro que existe una página similar en otros países). La página es esta:

http://www.misas.org/

Ánimo, Dios cree en ti. Un abrazo y que Dios te bendiga.

jueves, 5 de febrero de 2009

Empezar a rezar

Puede que estés leyendo este artículo y no creas que Dios existe. Si es así te sugiero que pruebes a hablar con Él, aunque sólo sea por si acaso. Es más que probable que te veas muy sorprendido de Su respuesta. Independientemente de lo que nosotros pensemos o creamos, Él sí que cree en nosotros, y está esperándonos con los brazos abiertos. Si nunca has rezado, si nunca has hablado con Él, puedes estar seguro de que Él lleva toda la vida esperando a que des ese paso.
Cuando yo empecé a rezar, aún no me había acercado a la Iglesia, y a menudo simplemente le preguntaba cosas o le pedía cosas. Después quise rezar las únicas oraciones que me sonaban a duras penas de las clases de religión del colegio público en que estudié de niño: el Padre Nuestro y el Ave María. Sin embargo no las recordaba del todo, y tenía miedo de rezar en público en voz alta (por ejemplo en Misa o en el colegio católico en el que trabajé) porque pensaba que me iba a equivocar. También me daba vergüenza preguntar a alguien que me enseñara esas oraciones, porque tenía la sensación de que se reirían de mi ignorancia. En las catequesis de mi parroquia por fin recibí un librito con un buen compendio de oraciones y otras nociones básicas para la vida de fe de un católico.
Por si estás en el caso que mencionaba antes, incluyo a continuación el Padre Nuestro, el Ave María y el Gloria, probablemente las oraciones más rezadas a diario por los católicos de todo el mundo. Como me decía un amigo hace poco "no te prives de rezar, que el mundo lo necesita ahora muchísimo".

El PADRE NUESTRO
Padre Nuestro, que estás en el cielo,
santificado sea tu nombre;
venga a nosotros tu reino;
hágase tu voluntad, en la tierra como en el cielo.

Danos hoy nuestro pan de cada día;
perdona nuestras ofensas,
como también nosotros perdonamos a los que nos ofenden;
no nos dejes caer en la tentación,
y líbranos del mal.
Amén.


El AVE MARÍA
Dios te salve, María ;
llena eres de gracia; el Señor es contigo;
bendita tú eres entre todas las mujeres,
y bendito es el fruto de tu vientre, Jesús.

Santa María,
Madre de Dios,
ruega por nosotros, pecadores,
ahora y en la hora de nuestra muerte.
Amén.


El GLORIA
Gloria al Padre y al Hijo y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos.
Amén.


En el siguiente enlace puedes encontrar también una excelente recopilación de las más importantes oraciones católicas:

http://www.ewtn.com/spanish/prayers/oracion.htm

Un abrazo y gracias por leer. Que Dios te bendiga

miércoles, 28 de enero de 2009

Mucho más de lo que me imaginaba


En los primeros días de agosto de 2007 viví un acontecimiento que iba a cambiar mi vida radicalmente. Hacía entonces poco más de un año desde que había recibido los sacramentos de la Primera Comunión y la Confirmación. Entonces fue cuando Dios quiso que me apuntase a una peregrinación de jóvenes a Roma para visitar al Papa Benedicto XVI, organizada por la archidiócesis de Madrid, encabezada por nuestro querido cardenal-arzobispo D. Antonio María Rouco Varela.
Tengo que reconocer que en un primer momento mi principal motivación para apuntarme a esta peregrinación era hacer turismo y conocer Italia, pero pronto me di cuenta de que aquello iba a ir mucho más allá de un simple viaje. La peregrinación formaba parte del magnífico proyecto pastoral titulado Misión Joven que se está desarrollando en Madrid. Como su propio nombre indica, los peregrinos éramos jóvenes, teníamos una edad que oscilaba entre los dieciséis o diecisiete años hasta los treinta y pico. Con mis treinta y un años yo me encontraba entre los veteranos del grupo. Éramos más de cuatro mil personas en el día en que el Papa nos recibió en su residencia de verano de Castelgandolfo, en las afueras de Roma.
La mejor forma en que puedo resumir mis impresiones sobre aquellos días de agosto es diciendo que me sentía como si estuviera entre extraterrestres. Ante mis ojos tenía a una multitud de jóvenes que hablaban de cosas de las que jamás había oído hablar, que vivían de una forma a la que no estaba nada acostumbrado, que transmitían una felicidad y una serenidad verdaderamente llamativas. Casi todos estos peregrinos venían de grupos parroquiales y distintos movimientos de la Iglesia, y quien más quien menos, todos habían tenido ya algún contacto con vivencias grupales de fe parecidas a esta. Por eso casi todos se conocían entre ellos, cantaban las mismas canciones con sus guitarras, compartían chistes, y se aguantaban de muy buen grado en condiciones a menudo incómodas por la falta de sueño, el calor y otras incomodidades.
Yo sólo intentaba empezar a enterarme de qué estaba pasando allí. Al principio me lamentaba de haberme apuntado a algo así, porque me sentía muy perdido y pensaba que iba a estar muy sólo entre tantos desconocidos. Pero Dios lo tenía todo muy calculado y se encargó de poner a mi lado a las personas idóneas. Sentado junto a mi en el autocar iba un chico un poco más joven que yo que estaba a punto de ingresar en el seminario después de haber dejado un buen puesto de trabajo. Al principio pensé que él era muy distinto a mi y que me resultaría difícil mantener una conversación, pero pronto me di cuenta de lo equivocado que estaba. Al conversar con él iba aprendiendo cómo había actuado el Señor en su vida, acercándolo a Sí con dulzura, y me iba dando cuenta de cómo era posible que hubiera dado ese paso. No pude tener más suerte que tenerlo a mi lado en esa peregrinación. Yo tenía cien mil dudas de todas las cosas que veía hacer a los peregrinos porque por aquel entonces en realidad sabía poquísimo todavía de la Santa Iglesia a la que Dios me estaba acercando. Este compañero de viaje iba aclarando todas mis dudas, y su propio comportamiento y apoyo en momentos en los que yo me sentía solo y perdido me daba el mejor ejemplo posible de amor cristiano.
A medida que pasaban los días notaba como mi miedo a sentirme rechazado por todo ese montón de "extraterrestres" se iba desvaneciendo, e iba dejando paso a una sensación de profunda felicidad y agradecimiento a Dios, a quien veía actuar a través de mis compañeros de viaje para hacerme saber que yo también era bienvenido allí, que no era un error haberme apuntado a la peregrinación, que esa Iglesia era también mi Iglesia, y que quizá yo era también otro "extraterrestre" y no me había dado cuenta hasta entonces.
Disfrutaba muchísimo aprendiendo a rezar Laudes por la mañana, Vísperas por la tarde-noche, y Completas por la noche. Yo no sabía hasta entonces lo que era la Liturgia de las Horas, y al principio me sonaba a chino, me sonaba a algo propio de monjes medievales masoquistas o algo así. Pero cuando vi la alegría que sentía al rezar, algo que nunca había sentido así antes, sabía que eso me estaba haciendo muchísimo bien.
Me impresionaba mucho también ver la actitud que tenían los adolescentes en las oraciones. Al ser profesor, yo estaba acostumbrado a tratar con adolescentes, y sabía hasta qué punto puede volverse caprichosos y egoístas, pero allí veía muy poco de esto en ellos. Yo pensaba que era increíble que toda esta gente viniera de la misma ciudad que yo. En Madrid yo estaba acostumbrado a ver gente malhumorada y triste y no podía entender cómo era posible que todos estos peregrinos, madrileños como yo, tuvieran esas sonrisas de oreja a oreja a pesar del calor y el cansancio. Si les pasaba a todos, si hasta me estaba pasando a mi también, no podía ser casualidad, tenía que ser que verdaderamente el Espíritu Santo estaba actuando con fuerza en nosotros. Cuando caí en la cuenta de ello me quedé muy impresionado, y empecé a recordar cómo poco más de un año antes había recibido el sacramento de la Confirmación, y con él la fuerza del Espíritu. Pero hasta que no fui a esta peregrinación no me di cuenta en realidad de qué suponía esta intervención de Dios en mi vida.
En la peregrinación caí en la cuenta de hasta qué punto la vida unidos a Dios y a Su Iglesia estaban llenos de una riqueza infinita, inexistente en todas las demás áreas de la vida en nuestro mundo. Me di cuenta entonces de que la Iglesia, todas sus tradiciones, todos sus santos, todos sus mártires, todo su patrimonio de sabiduría, eran reflejos de la grandeza de Dios, y no simples invenciones humanas.
Cuando volví a Madrid de esa peregrinación a Roma, sólo quería que mi vida a partir de ese momento fuera una continuación de lo que allí había experimentado. "No dejéis de cultivar vosotros mismos el encuentro personal con Cristo, de tenerlo siempre en el centro de vuestro corazón...", nos dijo el Santo Padre aquel día de agosto, "...pues así toda vuestra vida se convertirá en misión; dejaréis transparentar al Cristo que vive en vosotros". A menudo recuerdo esas palabras del Papa, y me pregunto si estoy respondiendo bien a ese consejo. Desde aquel día no he parado de aprender sobre la belleza de la Iglesia, y la belleza de la vida a la que estamos llamados a vivir como cristianos.
Sé lo difícil que puede resultar para alguien que no conoce la Iglesia acercarse e intentar integrarse en una vida nueva en la fe, porque lo he vivido en primera persona. Pero estoy convencido de cuánto merece la pena, el premio es nada menos que la felicidad eterna junto a Dios, y el ciento por uno aquí en la tierra. A través de la Iglesia, Dios nos tiende su mano para llevarnos adelante en medio de un mundo como éste, cada día más frío y hostil. Él nos acompaña, se involucra en nuestras vidas para transformarlas y darnos la verdadera felicidad, y nos deja en la boca un sabor dulce y en el corazón una paz verdadera, anticipos de las maravillas que nos prepara para la otra vida.
A partir de ahora voy a ir escribiendo en este blog las cosas que he ido aprendiendo sobre la Iglesia y que tanto me ayudan. Si tratas de acercarte a Dios, no estás sólo, aunque alguna gente arme mucho escándalo intentando convencerte de lo contrario. Espero que tú que estás leyendo puedas encontrar de utilidad alguno de los articulos que incluya, que encuentres aquí estímulos y pistas que te ayuden en tu camino hacia Dios, si Él así lo quiere.
Gracias por leer, y que Dios te bendiga siempre.

sábado, 24 de enero de 2009

Mi Primera Comunión

Recuerdo cómo durante esos primeros meses falleció el Papa Juan Pablo II (haciendo su transición al Cielo), y comenzó su papado Benedicto XVI, y yo viví con gran emoción todos esos acontecimientos, sobre todo porque en el colegio donde trabajaba se habló mucho sobre todo ello. Por aquellos días a veces compraba el periódico "La Gaceta de los Negocios", con la excusa de aprender a invertir en bolsa, pero en realidad más de una vez lo compré para leerme la magnífica sección de religión que publican. Así iba siguiendo con mucha emoción los primeros pasos de Benedicto XVI como Papa. Poco después, durante el verano de 2005, también me compré la "Gaceta" para informarme de las Jornadas Mundiales de la Juventud en Colonia, en las que el nuevo Papa se reunía por primera vez en su pontificado con las multitudes de jóvenes católicos de todo el mundo, sedientos de un modo de vida auténtico que el mundo no ofrece, la vida fundada en Cristo Jesús.
Mientras tanto seguía yendo todos los domingos a Misa, también durante el verano, como conté en mi anterior entrada. Me ponía al fondo del todo en mi parroquia, por miedo a hacer algo que no correspondiera, como levantarme o sentarme a destiempo, contestar las palabras incorrectas en las oraciones, dar mal la paz, o cualquier cosa por el estilo. Trataba de observar y aprender de todos los que veía cómo tenía que estar en Misa, y todos esos detalles que acabo de comentar, que pueden parecer una bobada para alguien que ha ido a Misa desde pequeño, pero que para alguien que llega de nuevas, intimida mucho, o al menos así lo viví yo. Poco a poco me iba sintiendo más cómodo en Misa, de todos modos, pero pronto me vino una nueva inquietud. Casi todos los parroquianos acudían a comulgar, y yo, que no hice mi Primera Comunión de pequeño, sentía cada vez más ganas de hacer como todos ellos y acercarme a Jesucristo para recibir Su Santísimo Sacramento.
Cuando yo era niño mis padres pensaron que era mejor que no hiciera la Primera Comunión, con la idea de dejar que fuera yo el que decidiera en mi edad adulta si era algo que quería o no hacer. Llegado a este punto de mi vida, a mis 29 años, yo quería recibir la Comunión, pero no sabía qué tenía que hacer, a quién tenía que dirigirme. No me atrevía a decirlo en el colegio donde trabajaba, porque temía que si se enteraban de mi situación, les pudiera parecer tan chocante que mi puesto de trabajo pudiera correr peligro (aunque mirándolo ahora con la perspectiva del tiempo pasado, lo más seguro es que me hubieran ayudado de muy buen grado si se lo hubiera pedido). Así que lo que hice fue acercarme al despacho parroquial de mi parroquia, y con una sensación de una mezcla de miedo y vergüenza, le conté mi situación al sacerdote que estaba atendiendo en ese momento, y le pregunté qué posibilidades había para alguien como yo de recibir catequesis de Primera Comunión. El sacerdote fue muy amable y comprensivo, y me informó de que en mi parroquia existía (y existe) un grupo de Confirmación para adultos, y que me podía incorporar a él en octubre, y prepararme para recibir tanto la Primera Comunión como la Confirmación. Dios me trató tan bien que me llevó al sitio perfecto. Luego me enteré de que no es nada fácil encontrar grupos de catequesis para adultos en la mayoría de las parroquias.
Las catequesis nos las impartía cada sábado por la tarde una monja mayor en cuanto a su edad, pero jovencísima de espíritu, que nos acogió a los que nos incorporamos ese octubre como si fuéramos sus propios hijos o nietos. Tanto yo como las otras personas que llegábamos al grupo teníamos grabados todavía a fuego distintas magulladuras que la vida nos había ido dejando. Esta mujer increíble nos hizo creer que realmente éramos capaces de vivir como Dios quería de nosotros, que estábamos hechos para mucho más que para la mediocridad en la que habíamos vivido durante tanto tiempo. Muchas de las frases que nos dijo en esas primeras tardes todavía resuenan en mi cabeza: "lo que viene de Dios, el Bien, no hace ruido, a diferencia del mal que hace ruido, pero hay muchísimo Bien en el mundo, no os dejéis engañar" (hace poco oí una cita de San Agustín parecida que dice algo así como que los cántaros vacíos hacen mucho más ruido que los que están llenos), "cuando amas a una persona, es parecido a cuando cuidas a una planta; le das amor y parece como si esa persona creciera" (eso fue lo que ella hizo con nosotros), "Jesucristo decía que se sabrá que somos sus discípulos por cómo nos amamos los unos a los otros" (como se lee en el Evangelio de San Juan 13:35; ella era un ejemplo perfecto de esto, y efectivamente el amor entre los discípulos fue precisamente lo que me hizo saber que en la Iglesia Católica estaba la Verdad, lo que estaba buscando).
Después de unos muy bonitos meses de preparación en los que el Espíritu Santo iba trabajando mi interior y superando mis reticencias y miedos, y ayudándome a saltar por encima de los restos de la tristeza de los años anteriores, por fin recibí mi Primera Comunión el 2 de abril de 2006, un día antes de cumplir los 30 años (¡feliz coincidencia!), en una convivencia que celebramos en Alcalá de Henares. Me sentí muy feliz y muy arropado por todos mis compañeros del grupo de catequesis de adultos de la parroquia. El 27 de mayo del mismo año recibí el sacramento de la Confirmación, y el Espíritu Santo que recibí ese día ha actuado con tanta fuerza en mi vida desde entonces que casi me resulta increíble cuando miro atrás.
Recuerdo que en ese momento, tanto antes de mi Primera Comunión como de mi Confirmación, tenía la sensación de no estar preparado, como si tuviera que hacer más cosas para prepararme. Ahora me doy cuenta de que la preparación no la hacía yo sino Él, y que el momento lo decidía Él también. A mi me tocaba el grandísimo honor de obedecerle y dejar que me fuera transformando. Me decían entonces algunos compañeros de la parroquia "no te preocupes, la preparación dura toda la vida". ¡Cuánto razón tenían! Dios quiera que pueda yo permanecer a su lado, convirtiéndome, dejándome hacer por Él, hasta el día en que me quiera llevar a la otra vida, y que esa vida la pueda vivir junto a Él y todos mis seres queridos para siempre.

viernes, 23 de enero de 2009

Cuando Dios me trajo a su Iglesia

Me pasé el verano de 2004 haciendo poco más que leer la Biblia. No tenía ganas de mucho más, y claro, avancé muchísimo. Me leía todas las notas de pie de página, porque quería asegurarme de no perderme ningún detalle. Sobre todo recuerdo las lecturas de los libros del Génesis, el Éxodo, los de Samuel y de los Reyes, y de los Salmos. La lectura de la Biblia conseguía sacar de mi corazón algunos destellos de esperanza en medio del desánimo que había inundado mi vida. Y, cabezota como soy, quería leer la Biblia de principio a fin, sin saltarme ni una coma, y por eso empecé con el Antiguo Testamento. Fue un verano muy árido, pero ahora lo recuerdo con alegría, porque sé que Dios estaba ya labrando en mi corazón, preparando lo que vendría poco después.
En enero de 2005 empecé a trabajar en un colegio católico. Para mi fue una alegría encontrar este trabajo, pero en un primer momento me sentía bastante inseguro, porque al haber vivido siempre entre gente no creyente, tenía miedo de no encajar en un ambiente formado en su inmensa mayoría por católicos practicantes muy orgullosos de serlo. Sin embargo, hubo algo que encontré en la forma de ser de mis compañeros que me resultó muy atractivo. Curiosamente, a menudo notaba en ellos una cercanía en el trato y una actitud ante la vida que me hacía sentirme muy cómodo. No voy a negar que mi proceso de adaptación a este nuevo trabajo y a un ambiente laboral como éste tuvo también sus dificultades. Pero mi interés por esta forma de vivir tan interesante que percibía tanto en gran parte del personal del colegio, como de los alumnos y sus familias podía mucho más que mis miedos y reticencias.
Al trabajar en un colegio así, pronto se me empezaron a derribar los prejuicios que durante toda mi vida se habían ido acumulando sobre la Iglesia, los sacerdotes, las religiosas, y todo lo que tenía que ver con la vida de fe. Para mi ir a Misa era algo muy difícil en mis primeros meses allí, porque tenía miedo de hacer algo mal, de que alguien se diera cuenta de que yo no tenía ni idea de lo que había que hacer en Misa. En gran parte por ello fue que decidí empezar a ir a Misa por mi cuenta los domingos. Claro que Dios ya lo tenía todo calculado. Poco después, me había acostumbrado a ir todos los domingos a Misa, y cuando llegó el verano ya se había convertido en algo habitual para mí, y ni siquiera las vacaciones escolares me hicieron parar, porque cada vez lo notaba más como algo muy bueno para mi vida, no porque nadie me lo sugiriera o me lo mandara, sino porque yo lo necesitaba, aunque quizá por entonces no me diera cuenta con la misma claridad con la que me doy cuenta ahora.